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domingo, 13 de mayo de 2012

Cacao



Espumosito, dulce, espeso, con un algo granuloso que no sabes que es pero que encanta. Y soplas, no porque esté demasiado caliente, sino por ver el juego de colores en la superficie. Y el calor no es problema, no importa que queme tu lengua, el dolor es más pequeño que el placer. Y al final, cuando llegas al final de la taza y ves el asiento moverse, el amargo, ese delicioso amargo por el cual tomas otra taza.
Acercas lentamente la punta de tu dedo tembloroso para saber si es posible que esos últimos granos superen el interminable y apacible viaje contenido en la taza de bordes dorados y al final te das cuenta que no podrás saberlo porque la mesera te lo quitó de las manos.

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