
En la infinidad de la ciudad donde nadie duerme, donde nadie canta, donde nadie ríe, en la ciudad Gris, Jacobo se despoja de sus auriculares, en los que sólo suena música que él ha creado. Se despoja de las sábanas de color púrpura que retienen el calor de su cuerpo, corrompido por el hedor de la opresión que su sociedad le impone.
Los opresores caminan abajo, en las calles, en filas enormes de color monótono.
Jacobo se levanta, da una, dos o tres vueltas en su cuarto de color azul violeta y se toma un café de tonalidades amarillas. Sale a la calle y respira el humo espeso combinado con oxígeno que todo el mundo respira. Camina un poco por la mitad de la calle, importándole muy poco el tráfico vehicular que lo rodea y , cuando se ha cansado de caminar, se sienta en el suelo y duerme.
La nada se ha apoderado de todo y trata de asomarse por la ventana en un vano intento de tragarse todo lo del interior. Jacobo se despereza, no tiene la menor idea de dónde está, no reconoce las paredes negras, la cama negra, la ausencia de luz y , sin embargo, puede ver. Junto a su mano hay una tiza, un normal y perfecto trozo de tiza, lo contempla, lo sopesa, lo prueba y cuando está convencido de que lo que tiene en la mano es un verdadero trozo de tiza, escribe:
"I am tired, I am weary
I could sleep for a thousand years
A thousand dreams that would awake me
Different colors made of tears..."
El cuarto se ha llenado de tiza, tiza blanca, tiza azul, tiza negra, tiza amarilla, tiza de todos los colores posibles. Frente a él hay un mingitorio, un precioso mingitorio de madera tallada, adornado con grabados de hojas de parra. Jacobo sintió un irrefrenable deseo de orinar y se maravilló de la sensación que sus esfínteres transmitían a su cuerpo, sin embargo fué algo apenas comparable con la que tuvo al sentir su vejiga vaciarse. Un temblor lo recorrió al instante, provocado por un extraño placer, cerró los ojos para disfrutar de las sensaciones que su propio cuerpo le transmitía.
Acabó.
Un irrefrenable mareo se apoderó de él y abrió los ojos, la obscuridad había regresado, mas intensa, mas espesa, casi tangible. La obscuridad brillaba en su totalidad, resplandecía, llenando el cuerpo de Jacobo de matices que sólo la obscuridad podía iluminar.
Jacobo sintió miedo, un miedo puro, y primitivo, un miedo heredado de generación, de centuria en centuria, de dinastía en dinastía, desde que el primer homínido conoció la obscuridad y sintió temor.
El bar se encontraba iluminado por unas cuantas lámparas y en las mesas brillaban allgunas velas aromatizadas, el lugar no era ni muy grande ni muy pequeño, y reinaba cierto ambiente de intimidad, basada sin duda en la complicidad, una fraternidad que rayaba con la hermandad pura.
Unos zombies de color naranja y vestidos de morado tocan música lounge, mezclando y saturando de ruidos canciones y estribillos de éxitos pasados.
~Acaba de una vez esa porquería~ le dice Jaqueline~ hace años que se ha de haber calentado.
En efecto, la bebida se encontraba tibia y había perdido ese sabor entre picante y dulzón que a jacobo le agradaba para dar paso a un sabor amargo y ácido a la vez.
Algunos ruidos externos quiebran el ambiente, aullidos y gruñidos se escuchan mezclados con llanto de algunos bebés. Jacobo se asoma por la ventana y ve como una pequeña manada de licántropos se alimenta de los cadáveres de una decena de niños. Un hombre levanta una reja y sale del lugar donde están los lobos, al parecer, él los ha alimentado.
Jaqueline se levanta y empieza a bailar, siguiendo el ritmo de la música que ahora tocan un dúo de Kappas. La piel de Jaqueline es terza y se extiende y contrae en su cintura, cada vez que ella mueve las caderas y menea el trasero redondo y duro. Su respiración es agitada y las aletillas de su nariz se abren y cierran con cada exhalación. Jacobo se detiene en su boca, en esos labios resecos y a la vez tan jugosos, en esos dientes que de tan blancos parecen amarillos, en la lengua que seguramente se moverá juguetona dentro de esa cajita sabor durazno.
Ya ha amanecido, en las lejanas montañas los rayos del sol sobresalían y estallaban en colores naranjas y rosas, desgajando de las nubes trozos de color rojo sangre, bañando la cara de Jacobo.
La vista desde la cima es maravillosa, a lo lejos la gran ciudad se muestra majestuosa, incólume, rodeada de un aire de malignidad infernal que raya en lo terrible.
Jacobo siente la presión de una mirada, voltea lentamente, sorprendiendo a una inmensa ave posada sobre la rama de un árbol seco. Era una lechuza gris de proporciones gigantescas y devoraba, sin dejar de mirar a Jacobo, una vaca gorda y vieja.
Jacobo retrocede, sin saber si es el pánico o la admiración lo que lo empuja hacia el borde del abismo.
El viento a su alrededor es helado, casi sólido, y le corta las mejillas, le rasga la ropa, le corroe los huesos, el dolor es agradable, es sano, es muestra inequívoca de la vitalidad que está por abandonarlo. Jacobo extiende los brazos y abre las piernas, intentando planear un poco aumentando la superficie que su cuerpo tiene con el aire. El suelo se acerca cada vez más, incluso puede ver ya las formas de las pequeñas piedras que en el se encuentran. Jacobo cierra los ojos, un frío aún mayor lo asfixia, comprimiéndolo, minimizando cada parte de su ser.
La obscuridad lo rodea otra vez, sonriéndole, tomándolo entre sus fríos brazos, arrullándolo. La piel se le eriza, sus pupilas se dilatan, la respiración se agita. Los latidos de su corazón aumentan su ritmo, aumentando la presión interna, presionando, pugnando por salir, intentando reventar cada vena y cada arteria.
El calor es insoportable, feroz, mordiente, Jacobo sintió estar recostado en un sartén lleno de aceite. Pero, ¿estaba recostado realmente?, ¿dónde estaba? No podía ver nada a su alrededor. Trató de levantarse pero algo realmente duro lo golpeó en el rostro al hacerlo. Extendió las manos y tocó, la superficie era lisa y fría, a sus lados, paredes del mismo material lo rodeaban. Estaba encerrado dentro de aquélla caja de piedra o lo que fuera que sea. Cerró los ojos, los volvió a abrir, se movió una y mil veces dentro del reducido espacio que lo circundaba, desesperado, empujó lo que supuso era la tapa de la caja, pero ésta ni siquiera un centímetro se movió.
Jacobo empezó a cantar, muy pocas veces lo había hecho. Antes había compuesto algunas melodías, que él mismo tocaba. La voz le salió natural, sin esfuerzo, proveniente de lo más profundo de su ser, cantó como si nada mas importara, sacando todo lo que en su vida le había lastimado, cantó acerca de su extínta familia, de aquéllos desconocidos con los que dormía, comía, jugaba, cantó acerca de sus rechazos, tanto amorosos como sociales, cantó acerca de sus sueños inducidos por floripondio y diazepanes, de la alegría que le provocaba ver la puesta de sol, cuando moría el día, cantó de la belleza en el vuelo de las aves, de la lluvia, de sus amigos, de todo aquéllo que lo hacía sentir felíz y triste, alegre y enojado, todo mezclado, todo lo que éra él.
Jacobo calló, disfrutando el silencio que de repente lo había invadido. Sintió una brisa, que le movió el pelo y jugueteó con los vellos de su brazo. Se sentía delicioso estar ahí, tumbado en medio del silencio y de la obscuridad y con aquélla brisa. Jacobo estiró los brazos y sintió cómo se perdían en aquélla nada que le rodeaba, en aquél aparante vacío en el que sólo estaba él y la caja en la que se encontraba. Salió. Estaba erguido pero no se encontraba parado en nada, sintió la gravedad, pero no había nada que la ejerciera. Se agachó e intentó tocar en lo que estaba parado, pero sus manos se hundieran en una obscuridad sólida.
Jacobo avanzó, caminó y caminó por mucho tiempo, muchas horas, días quizá, incluso meses, no sabía en realidad cuánto tiempo había caminado. No sintió hambre, no tuvo frío, tampoco cansancio.
Hasta que chocó.
Sintió el golpe duro y seco en todo su cuerpo, como si lo hubieran golpeado desde todos los puntos posibles. La cosa que estaba delante de él era inmensa, Jacobo la rodeó hacia todos los puntos hasta darse cuenta que se trataba de una esfera, una gran bola negra en medio de la obscuridad y el silencio totales. Jacobo se sentó, recogió las piernas y esperó.
Un punto blanco apareció, justo en la parte central de la esfera, algo como una chispa, que fué creciendo, aumentando de volumen y de brillantez. La luz se hizo mas potente y mas grande. Jacobo escuchó un voz, una voz hermosa y terrible, una voz que cantaba pero sin articular palabra. La esfera se llenó de luz, mientras la voz se hacía cada vez mas clara, más fuerte, más rítmica. Jacobo tocó la esfera, antes apagada y sin vida, y la sintió suave, tibia e increíblemente protectora, mientras la voz seguía repitiendo su tonada sin llegar a ser monótona.
Un temblor inmenso recorrió la esfera, cimbrándola completamente. La luz se había vuelto cegadora y la voz se repetía en una secuencia caótica que empezó a ensordecer a Jacobo, pero que no perdió su hermosura.
La esfera expolotó, lanzando milésimas de particulas en el infinito obscuro que rodeaba a Jacobo. Míles de fragnetos de materia incandescente se dispersaron, formando remolinos de gas y polvo. Chispazos refulgían por todos lados, chocando unos con otros y fusionandose, esferas de luz brillante y de un calor incinerante. La onda de choque siguió avanzando dejando a su paso restos fríos que siguieron moviéndose hasta la eternidad. Jacobo admiró el espacio circundante, vagando siempre hacia delante, observando las galaxias recién nacidas y los sistemas en estado de evolución. Siguió caminando, poco a poco, sin prisas, observando la continuidad del universo y su rápido desarrollo. Caminó, sin darse cuenta de que estaba siguiendo el mismo camino que lo había conducido hacia la esfera.
Intentó visitar algunos mundos, mundos pequeños, mundos enormes, con vida y sin ella, con sólo desarrollo vegetal y otros en los que apenas borboteaba el caldo primigéneo, pero, a pesar de que los conocía, nunca pudo dejar de pensar que tan sólo habia llegado a ver una pantalla, algo deformado de la realidad, como lo que se ve a través de un cristal empañado.
Una fuerza extraña empezó a actuar sobre él, a jalarlo, absorbiendo los recuerdos a los que Jacobo se aferraba para existir. Jacobo miró para todos lados, no había luz, no había estrellas, no había nada, sólo aquélla fuerza inmensa que tratába de encerrarlo. " la caja", pensó Jacobo, sintiendo una alegría que no pudo explicar, como si se encontrara con un viejo buen amigo.
La oscuridad volvió a aprisionarlo, pero ya no sintió miedo, trató de estrangularlo una vez mas, pero resistió la presión y se opuso completamente a ella, le hizo frente, la combatió, mordiendo hacia todos lo lados y hacia todas las direcciones, golpeando, rasgando, defendiendo hasta el último reducto de su memoria, que se encontraba transfigurada.
Jacobo se encontró en una selva llena de espejos que no reflejaban nada, tan sólo un limbo gris se perfilaba en todos ellos. Caminó por un pasillo, observando los cuerpos inertes que colgaban del techo, goteando sangre coagulada, y trozos de carne seca, casi hecha polvo. Jacobo no alcanzó a ver los rostros de los cuerpos resecos y podridos en los que hacían su nido las larvas y las moscas, e incluso agradeció que se encontraran tan alto y tan cerca de las ventanas, ya que hacía el hedor mas soportable.
Paseó por largos corredores y amplias salas, en unas había animales, en otras juguetes viejos, en una había una colección inmensa de fotos viejas y polvosas cubiertas de un aura gris en las que se apreciaban a duras penas algunos rostros. Jacobo encontró una puerta pequeña y salió. El viento helado le pegó de lleno en la cara, moviendo sus cabellos en ondulaciones inertes. Miró a su alrededor y no encontró un solo punto en el cuál posar sus ojos.
La llanura se mostraba eterna, bella en su estado vírgen y aterradora por la soledad que emanaba de ella. La nieve cubría gran parte del extenso terreno y allí, donde no había nieve, una arena de un color blanco, tan puro como el azul del cielo en una tarde despejada de verano, se elevaba junto con la nieve pulverizada formando remolinos.
La luz del sol invadía todo el cielo, de un color gris plomizo, produciendo una sensación cercana al dolor cuando se miraba hacia arriba. Jacobo volteó hacia atrás, con la intención de ver el edificio del que había salido. Tan sólo una puerta se levantaba enfrente de él, tan sólo una puerta rodeada de esa llanura helada y llerma. Jacobo regresó sobre sus pasos y rodeó la puerta, no había nada del otro lado y , cuándo volteó de nuevo hacia la puerta ésta habia desaparecido, tan sólo la gran extensión blanca se veía hacia todas partes. Jacobo regresó otra vez y miró: la puerta habia aparecido otra vez, era como si la puerta existiera tan sólo en un plano, sin niguna dimensión. Después de rodear la zona de la puerta por lmenosfuerzatreses veces, Jacobo se cansó del juego y siguió caminando, como siempre, sin rumbo fijo, toda su concentración se iba en avanzar.
La base de la montaña era una superficie lisa y calmada. El viento apenas soplaba en ese lugar, haciendo que las huellas dejadas en la nieve duraran por mucho tiempo. Grupos de rocas de superficie suave y lisa se amontonaban por todos lados, formando figuras de contornos seductores y sugerentes.
Jacobo nunca había visto una montaña como aquélla. Se levantaba totalmente en vertical, sin ningua pendiente o inclinación y su cima permanecía invisible, cubierta por la bruma de color gris. A los lados, la montaña se extendía indefinidamnete, hasta el punto en el que uno piensa que se ha vuelto ciego alno ver nada más.
Jacobo no supo que hacer, no podía treparla dado que la superficie de la montaña era tan lisa como la de las piedras, e incluso mas suave. Tampoco podía quedarse allí, porque el deseo de avanzar lo dominaba. Decidió tratar de rodear la gran montaña, o lo que aquélla mole de piedra fuera.
La luz empezaba a declinar, y las sombras de las piedras comenzaban a hacerse largas, cuando Jacobo llegó a las escaleras. Eran unas largas escaleras de piedra lisa y suave que se encarnaban en la montaña e íban a parar, muchos metros después, en la entrada de lo que parecía ser una cueva.
Jacobo empezó a a subir, esperanzado con la cueva que le podría servir de resguardo. Varias veces estuvo a punto de rodar custa abajo por culpa de la nieve y el viento que soplaba hacia arriba, levantándolo y obligándolo a asirse de las insignificantes grietas que había en las comisuras de los escalones. Muchas veces trató de ver hacía abajo y siempre le pareció que se encontraba a la mitad de un abismo cuyo fondo resplandecía de blancura.
La entrada de la cueva era majestuosa. Labrado en la piedra, un arco inmenso, bordeado por columnas, se alzaba. La piedra se encontraba cubierta por una capa perenne de hielo, el cual también se había tallado a fin de conseguir una filigrana con figuras fantásticas de faunos seduciendo a las ninfas y caballos alados volando sobre el mar.
Una puerta que se encontraba dentro del arco estaba cerrada, mostrando sus batientes de pesados tablones negros y semipodridos. Los goznes se encontraban oxidados y los contrachapados luchaban por no desprenderse de la madera.
Jacobo empujó, sin fuerza, la inmensa puerta. Un vacío se apoderó de su cuerpo, se volvió ligero, casi flotaba, y con el impulso único de su pensamiento, entró en la cueva. Antorchas iluminaban el pasillo, obscuro y húmedo, saturando el ambiente con un olor refrescannte. Sus pasos no sonaron, era como si una alfombra recubriera el suelo, cuando empezó a caminar.
Algo húmedo le cayó en la frente, era una gota de un líquido plateado y viscoso, como plata fundida, que empezó a expandirse por toda su cara, por su cuello, por su pecho, sus brazos, sus piernas, hasta cubrirlo todo. Jacobo se sintió pesado y no pudo caminar. Se sentó en el suelo y, cuando el líquido llegó a su corazón, se desplomó lentamente, hundiéndose en la tierra, que lo fué tragando poco a poco, sin prisa, hasta cubrirlo por completo. No gritó, no lloró, tan sólo recordó todo aquéllo que lo habia hecho ser quien fué. Un último latido resonó en la cueva, bajó las escaleras, recorrió la inmensa llanura congelada, cruzó la puerta plana, atravesó las salas viejas y podridas, esquivando las gotas de sangre seca que caían del techo, se elevó en el cielo y viajó por el espacio, cada vez mas rápido, entró en la caja y subió por el abismo, encaró a la gran lechuza y rompió todas las ventanas del bar, atravesó a Jaqueline, entrando por su ombligo y saliendo por sus ojos, quemó el minjitorio, en el cual empezaba a brotar una orquídea y borró todo lo escrito con tiza, salió por la ventana y se clavó en la frente del muchacho que se encontraba dormido a media calle.
Los opresores caminan abajo, en las calles, en filas enormes de color monótono.
Jacobo se levanta, da una, dos o tres vueltas en su cuarto de color azul violeta y se toma un café de tonalidades amarillas. Sale a la calle y respira el humo espeso combinado con oxígeno que todo el mundo respira. Camina un poco por la mitad de la calle, importándole muy poco el tráfico vehicular que lo rodea y , cuando se ha cansado de caminar, se sienta en el suelo y duerme.
La nada se ha apoderado de todo y trata de asomarse por la ventana en un vano intento de tragarse todo lo del interior. Jacobo se despereza, no tiene la menor idea de dónde está, no reconoce las paredes negras, la cama negra, la ausencia de luz y , sin embargo, puede ver. Junto a su mano hay una tiza, un normal y perfecto trozo de tiza, lo contempla, lo sopesa, lo prueba y cuando está convencido de que lo que tiene en la mano es un verdadero trozo de tiza, escribe:
"I am tired, I am weary
I could sleep for a thousand years
A thousand dreams that would awake me
Different colors made of tears..."
El cuarto se ha llenado de tiza, tiza blanca, tiza azul, tiza negra, tiza amarilla, tiza de todos los colores posibles. Frente a él hay un mingitorio, un precioso mingitorio de madera tallada, adornado con grabados de hojas de parra. Jacobo sintió un irrefrenable deseo de orinar y se maravilló de la sensación que sus esfínteres transmitían a su cuerpo, sin embargo fué algo apenas comparable con la que tuvo al sentir su vejiga vaciarse. Un temblor lo recorrió al instante, provocado por un extraño placer, cerró los ojos para disfrutar de las sensaciones que su propio cuerpo le transmitía.
Acabó.
Un irrefrenable mareo se apoderó de él y abrió los ojos, la obscuridad había regresado, mas intensa, mas espesa, casi tangible. La obscuridad brillaba en su totalidad, resplandecía, llenando el cuerpo de Jacobo de matices que sólo la obscuridad podía iluminar.
Jacobo sintió miedo, un miedo puro, y primitivo, un miedo heredado de generación, de centuria en centuria, de dinastía en dinastía, desde que el primer homínido conoció la obscuridad y sintió temor.
El bar se encontraba iluminado por unas cuantas lámparas y en las mesas brillaban allgunas velas aromatizadas, el lugar no era ni muy grande ni muy pequeño, y reinaba cierto ambiente de intimidad, basada sin duda en la complicidad, una fraternidad que rayaba con la hermandad pura.
Unos zombies de color naranja y vestidos de morado tocan música lounge, mezclando y saturando de ruidos canciones y estribillos de éxitos pasados.
~Acaba de una vez esa porquería~ le dice Jaqueline~ hace años que se ha de haber calentado.
En efecto, la bebida se encontraba tibia y había perdido ese sabor entre picante y dulzón que a jacobo le agradaba para dar paso a un sabor amargo y ácido a la vez.
Algunos ruidos externos quiebran el ambiente, aullidos y gruñidos se escuchan mezclados con llanto de algunos bebés. Jacobo se asoma por la ventana y ve como una pequeña manada de licántropos se alimenta de los cadáveres de una decena de niños. Un hombre levanta una reja y sale del lugar donde están los lobos, al parecer, él los ha alimentado.
Jaqueline se levanta y empieza a bailar, siguiendo el ritmo de la música que ahora tocan un dúo de Kappas. La piel de Jaqueline es terza y se extiende y contrae en su cintura, cada vez que ella mueve las caderas y menea el trasero redondo y duro. Su respiración es agitada y las aletillas de su nariz se abren y cierran con cada exhalación. Jacobo se detiene en su boca, en esos labios resecos y a la vez tan jugosos, en esos dientes que de tan blancos parecen amarillos, en la lengua que seguramente se moverá juguetona dentro de esa cajita sabor durazno.
Ya ha amanecido, en las lejanas montañas los rayos del sol sobresalían y estallaban en colores naranjas y rosas, desgajando de las nubes trozos de color rojo sangre, bañando la cara de Jacobo.
La vista desde la cima es maravillosa, a lo lejos la gran ciudad se muestra majestuosa, incólume, rodeada de un aire de malignidad infernal que raya en lo terrible.
Jacobo siente la presión de una mirada, voltea lentamente, sorprendiendo a una inmensa ave posada sobre la rama de un árbol seco. Era una lechuza gris de proporciones gigantescas y devoraba, sin dejar de mirar a Jacobo, una vaca gorda y vieja.
Jacobo retrocede, sin saber si es el pánico o la admiración lo que lo empuja hacia el borde del abismo.
El viento a su alrededor es helado, casi sólido, y le corta las mejillas, le rasga la ropa, le corroe los huesos, el dolor es agradable, es sano, es muestra inequívoca de la vitalidad que está por abandonarlo. Jacobo extiende los brazos y abre las piernas, intentando planear un poco aumentando la superficie que su cuerpo tiene con el aire. El suelo se acerca cada vez más, incluso puede ver ya las formas de las pequeñas piedras que en el se encuentran. Jacobo cierra los ojos, un frío aún mayor lo asfixia, comprimiéndolo, minimizando cada parte de su ser.
La obscuridad lo rodea otra vez, sonriéndole, tomándolo entre sus fríos brazos, arrullándolo. La piel se le eriza, sus pupilas se dilatan, la respiración se agita. Los latidos de su corazón aumentan su ritmo, aumentando la presión interna, presionando, pugnando por salir, intentando reventar cada vena y cada arteria.
El calor es insoportable, feroz, mordiente, Jacobo sintió estar recostado en un sartén lleno de aceite. Pero, ¿estaba recostado realmente?, ¿dónde estaba? No podía ver nada a su alrededor. Trató de levantarse pero algo realmente duro lo golpeó en el rostro al hacerlo. Extendió las manos y tocó, la superficie era lisa y fría, a sus lados, paredes del mismo material lo rodeaban. Estaba encerrado dentro de aquélla caja de piedra o lo que fuera que sea. Cerró los ojos, los volvió a abrir, se movió una y mil veces dentro del reducido espacio que lo circundaba, desesperado, empujó lo que supuso era la tapa de la caja, pero ésta ni siquiera un centímetro se movió.
Jacobo empezó a cantar, muy pocas veces lo había hecho. Antes había compuesto algunas melodías, que él mismo tocaba. La voz le salió natural, sin esfuerzo, proveniente de lo más profundo de su ser, cantó como si nada mas importara, sacando todo lo que en su vida le había lastimado, cantó acerca de su extínta familia, de aquéllos desconocidos con los que dormía, comía, jugaba, cantó acerca de sus rechazos, tanto amorosos como sociales, cantó acerca de sus sueños inducidos por floripondio y diazepanes, de la alegría que le provocaba ver la puesta de sol, cuando moría el día, cantó de la belleza en el vuelo de las aves, de la lluvia, de sus amigos, de todo aquéllo que lo hacía sentir felíz y triste, alegre y enojado, todo mezclado, todo lo que éra él.
Jacobo calló, disfrutando el silencio que de repente lo había invadido. Sintió una brisa, que le movió el pelo y jugueteó con los vellos de su brazo. Se sentía delicioso estar ahí, tumbado en medio del silencio y de la obscuridad y con aquélla brisa. Jacobo estiró los brazos y sintió cómo se perdían en aquélla nada que le rodeaba, en aquél aparante vacío en el que sólo estaba él y la caja en la que se encontraba. Salió. Estaba erguido pero no se encontraba parado en nada, sintió la gravedad, pero no había nada que la ejerciera. Se agachó e intentó tocar en lo que estaba parado, pero sus manos se hundieran en una obscuridad sólida.
Jacobo avanzó, caminó y caminó por mucho tiempo, muchas horas, días quizá, incluso meses, no sabía en realidad cuánto tiempo había caminado. No sintió hambre, no tuvo frío, tampoco cansancio.
Hasta que chocó.
Sintió el golpe duro y seco en todo su cuerpo, como si lo hubieran golpeado desde todos los puntos posibles. La cosa que estaba delante de él era inmensa, Jacobo la rodeó hacia todos los puntos hasta darse cuenta que se trataba de una esfera, una gran bola negra en medio de la obscuridad y el silencio totales. Jacobo se sentó, recogió las piernas y esperó.
Un punto blanco apareció, justo en la parte central de la esfera, algo como una chispa, que fué creciendo, aumentando de volumen y de brillantez. La luz se hizo mas potente y mas grande. Jacobo escuchó un voz, una voz hermosa y terrible, una voz que cantaba pero sin articular palabra. La esfera se llenó de luz, mientras la voz se hacía cada vez mas clara, más fuerte, más rítmica. Jacobo tocó la esfera, antes apagada y sin vida, y la sintió suave, tibia e increíblemente protectora, mientras la voz seguía repitiendo su tonada sin llegar a ser monótona.
Un temblor inmenso recorrió la esfera, cimbrándola completamente. La luz se había vuelto cegadora y la voz se repetía en una secuencia caótica que empezó a ensordecer a Jacobo, pero que no perdió su hermosura.
La esfera expolotó, lanzando milésimas de particulas en el infinito obscuro que rodeaba a Jacobo. Míles de fragnetos de materia incandescente se dispersaron, formando remolinos de gas y polvo. Chispazos refulgían por todos lados, chocando unos con otros y fusionandose, esferas de luz brillante y de un calor incinerante. La onda de choque siguió avanzando dejando a su paso restos fríos que siguieron moviéndose hasta la eternidad. Jacobo admiró el espacio circundante, vagando siempre hacia delante, observando las galaxias recién nacidas y los sistemas en estado de evolución. Siguió caminando, poco a poco, sin prisas, observando la continuidad del universo y su rápido desarrollo. Caminó, sin darse cuenta de que estaba siguiendo el mismo camino que lo había conducido hacia la esfera.
Intentó visitar algunos mundos, mundos pequeños, mundos enormes, con vida y sin ella, con sólo desarrollo vegetal y otros en los que apenas borboteaba el caldo primigéneo, pero, a pesar de que los conocía, nunca pudo dejar de pensar que tan sólo habia llegado a ver una pantalla, algo deformado de la realidad, como lo que se ve a través de un cristal empañado.
Una fuerza extraña empezó a actuar sobre él, a jalarlo, absorbiendo los recuerdos a los que Jacobo se aferraba para existir. Jacobo miró para todos lados, no había luz, no había estrellas, no había nada, sólo aquélla fuerza inmensa que tratába de encerrarlo. " la caja", pensó Jacobo, sintiendo una alegría que no pudo explicar, como si se encontrara con un viejo buen amigo.
La oscuridad volvió a aprisionarlo, pero ya no sintió miedo, trató de estrangularlo una vez mas, pero resistió la presión y se opuso completamente a ella, le hizo frente, la combatió, mordiendo hacia todos lo lados y hacia todas las direcciones, golpeando, rasgando, defendiendo hasta el último reducto de su memoria, que se encontraba transfigurada.
Jacobo se encontró en una selva llena de espejos que no reflejaban nada, tan sólo un limbo gris se perfilaba en todos ellos. Caminó por un pasillo, observando los cuerpos inertes que colgaban del techo, goteando sangre coagulada, y trozos de carne seca, casi hecha polvo. Jacobo no alcanzó a ver los rostros de los cuerpos resecos y podridos en los que hacían su nido las larvas y las moscas, e incluso agradeció que se encontraran tan alto y tan cerca de las ventanas, ya que hacía el hedor mas soportable.
Paseó por largos corredores y amplias salas, en unas había animales, en otras juguetes viejos, en una había una colección inmensa de fotos viejas y polvosas cubiertas de un aura gris en las que se apreciaban a duras penas algunos rostros. Jacobo encontró una puerta pequeña y salió. El viento helado le pegó de lleno en la cara, moviendo sus cabellos en ondulaciones inertes. Miró a su alrededor y no encontró un solo punto en el cuál posar sus ojos.
La llanura se mostraba eterna, bella en su estado vírgen y aterradora por la soledad que emanaba de ella. La nieve cubría gran parte del extenso terreno y allí, donde no había nieve, una arena de un color blanco, tan puro como el azul del cielo en una tarde despejada de verano, se elevaba junto con la nieve pulverizada formando remolinos.
La luz del sol invadía todo el cielo, de un color gris plomizo, produciendo una sensación cercana al dolor cuando se miraba hacia arriba. Jacobo volteó hacia atrás, con la intención de ver el edificio del que había salido. Tan sólo una puerta se levantaba enfrente de él, tan sólo una puerta rodeada de esa llanura helada y llerma. Jacobo regresó sobre sus pasos y rodeó la puerta, no había nada del otro lado y , cuándo volteó de nuevo hacia la puerta ésta habia desaparecido, tan sólo la gran extensión blanca se veía hacia todas partes. Jacobo regresó otra vez y miró: la puerta habia aparecido otra vez, era como si la puerta existiera tan sólo en un plano, sin niguna dimensión. Después de rodear la zona de la puerta por lmenosfuerzatreses veces, Jacobo se cansó del juego y siguió caminando, como siempre, sin rumbo fijo, toda su concentración se iba en avanzar.
La base de la montaña era una superficie lisa y calmada. El viento apenas soplaba en ese lugar, haciendo que las huellas dejadas en la nieve duraran por mucho tiempo. Grupos de rocas de superficie suave y lisa se amontonaban por todos lados, formando figuras de contornos seductores y sugerentes.
Jacobo nunca había visto una montaña como aquélla. Se levantaba totalmente en vertical, sin ningua pendiente o inclinación y su cima permanecía invisible, cubierta por la bruma de color gris. A los lados, la montaña se extendía indefinidamnete, hasta el punto en el que uno piensa que se ha vuelto ciego alno ver nada más.
Jacobo no supo que hacer, no podía treparla dado que la superficie de la montaña era tan lisa como la de las piedras, e incluso mas suave. Tampoco podía quedarse allí, porque el deseo de avanzar lo dominaba. Decidió tratar de rodear la gran montaña, o lo que aquélla mole de piedra fuera.
La luz empezaba a declinar, y las sombras de las piedras comenzaban a hacerse largas, cuando Jacobo llegó a las escaleras. Eran unas largas escaleras de piedra lisa y suave que se encarnaban en la montaña e íban a parar, muchos metros después, en la entrada de lo que parecía ser una cueva.
Jacobo empezó a a subir, esperanzado con la cueva que le podría servir de resguardo. Varias veces estuvo a punto de rodar custa abajo por culpa de la nieve y el viento que soplaba hacia arriba, levantándolo y obligándolo a asirse de las insignificantes grietas que había en las comisuras de los escalones. Muchas veces trató de ver hacía abajo y siempre le pareció que se encontraba a la mitad de un abismo cuyo fondo resplandecía de blancura.
La entrada de la cueva era majestuosa. Labrado en la piedra, un arco inmenso, bordeado por columnas, se alzaba. La piedra se encontraba cubierta por una capa perenne de hielo, el cual también se había tallado a fin de conseguir una filigrana con figuras fantásticas de faunos seduciendo a las ninfas y caballos alados volando sobre el mar.
Una puerta que se encontraba dentro del arco estaba cerrada, mostrando sus batientes de pesados tablones negros y semipodridos. Los goznes se encontraban oxidados y los contrachapados luchaban por no desprenderse de la madera.
Jacobo empujó, sin fuerza, la inmensa puerta. Un vacío se apoderó de su cuerpo, se volvió ligero, casi flotaba, y con el impulso único de su pensamiento, entró en la cueva. Antorchas iluminaban el pasillo, obscuro y húmedo, saturando el ambiente con un olor refrescannte. Sus pasos no sonaron, era como si una alfombra recubriera el suelo, cuando empezó a caminar.
Algo húmedo le cayó en la frente, era una gota de un líquido plateado y viscoso, como plata fundida, que empezó a expandirse por toda su cara, por su cuello, por su pecho, sus brazos, sus piernas, hasta cubrirlo todo. Jacobo se sintió pesado y no pudo caminar. Se sentó en el suelo y, cuando el líquido llegó a su corazón, se desplomó lentamente, hundiéndose en la tierra, que lo fué tragando poco a poco, sin prisa, hasta cubrirlo por completo. No gritó, no lloró, tan sólo recordó todo aquéllo que lo habia hecho ser quien fué. Un último latido resonó en la cueva, bajó las escaleras, recorrió la inmensa llanura congelada, cruzó la puerta plana, atravesó las salas viejas y podridas, esquivando las gotas de sangre seca que caían del techo, se elevó en el cielo y viajó por el espacio, cada vez mas rápido, entró en la caja y subió por el abismo, encaró a la gran lechuza y rompió todas las ventanas del bar, atravesó a Jaqueline, entrando por su ombligo y saliendo por sus ojos, quemó el minjitorio, en el cual empezaba a brotar una orquídea y borró todo lo escrito con tiza, salió por la ventana y se clavó en la frente del muchacho que se encontraba dormido a media calle.
Las nubes grises se movían lentamente allá arriba, en el cielo, los opresores pasaban disimuladamente y fingiendo ver hacia otro lado, caminando siempre en filas. El muchacho se levantó, parpadeó unas cuántas veces y alzando los brazos hacia un pequeño punto de cielo azul, comenzó a reir.

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