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viernes, 28 de agosto de 2009

Longino


... La luz caía lentamente, atravesando las leves capas de polvo que el viento levantaba, haciendo que las piedras de la calle parecieran mas grandes de lo que en realidad eran. Un gallo cantaba, inflando el pecho, orgulloso de su magnificada sombra, que rebotaba en los techitos de lámina del arrabal.
Algunos niños jugaban con un pequeño balón desinflado, gritando y riendo alegremente, con la cara llena de lagañas y lágrimas viejas, mientras un perrillo faldero los perseguía a todas partes, tratando de llamar su atención con sus ladridos chillones.

La voz del albañil suena áspera, acompañada de un tono como de rencor macerado en alcohol.

- Allá uno no tenía necesidad de nada - decía el albañil mientras regaba en el suelo un bulto de cemento y lo combinaba con arena y un poco de cal - siempre había agua , no bastaba mas que irse al río y agacharse en uno de esos remansos donde saltan los gusarapos y los ajolotes, no como aquí, que a huevo tiene uno que joderse comprando garrafas de agua. Allá no tenía uno que andarse arrastrando para poder beber. Y, si de casualidad sentía uno hambre, no tenía uno más que treparse al mango de doña Licha, y uno podía jartarse todos lo que quisiera, total que ella ya se había muerto hacía años.

El albañil extiende la mezcla, revolviendola con la pala con ternura, y hace un pequeño cráter en medio, luego toma una cubeta que se va a llenar, con pasos lentos y sin prisa, a la pileta, y allí se está, viendo el polvo elevarse a ese cielo limpio de nubes.
Vacía la cubeta en el cráter, despacio, viendo tranquilamente caer el agua de la cubeta al piso, mientras que el hoyo se va llenando poco a poco.

- Eso era antes, cuando uno sentía un no se qué en las tripas y se regresaba uno a su rancho para visitar a su mamá... pero ahora ya ni de eso le dan ganas a uno. ¡Carajo!, y yo que quería irme mañana a Villahermosa para pasear con la Susana y ahora tengo que terminar esta chamba.

El albañil se levanta se pasa una mano por la frente y reinicia a incorporar la mezcla con la pala, revolviendo y separándola en surcos grandes y pequeños, distribuyendo uniformemente la humedad, cual si amasase un pan.

- No, sí que era bonito mi rancho, podía uno perderse entre los cañaverales cazando culebras o buscar alacranes entre las tejas del granero, para echárselos entre los pantalones al loco que se quedaba a dormir afuera de la capilla, o ir a ver a escondidas a las muchachas a bañarse al río. en cualquier cosa podía entretenerse uno, no como los mocosos de por acá que no pueden ver una pinche hormiga por que sienten que se los va a comer, pendejos.

El albañil toma un montón de ladrillos y, apiladitos unos sobre otros, se los lleva cargando, como si llevara un bebé, y los coloca junto a un par de hilos azules que se encuentran, tensos, amarrados entre dos columnas de varillas.

- Yo no sé por que chingados me vine para acá, si allá estaba uno tan cómodo. Todo fue culpa del José, yo no sé porqué le hice caso, según él acá en la ciudad uno vive mejor, que con saber uno mover la lengua la hacía cualquiera, para lo que le sirvió a él saber mover la lengua, no le valió nada cuando lo picaron afuerita del bar ese del "mixteco". Yo me quedé por que en ese tiempo estaba yo ganando bien como aprendiz de albañil con un señor güero que le decían el "tarolas" y hasta estaba haciendo yo planes de traerme a mi mamá para acá, para tenerla cerquita y no se me fuera a morir sola allá en el rancho

El albañil toma un ladrillo y lo sumerge en una cubeta con agua y, mientras sigue hablando, el ladrillo se sumerge pesadamente en la cubeta, borboteando y manchando el agua de un color rojizo, como tezcalate. El albañil toma otro ladrillo y repite la operación y así sucesivamente hasta llenar la cubeta.

- La cosa es que antes de que pudiera traerme a mi mamacita, se apareció por acá mi prima la Jacinta. Era ella una mujer de veras, de esas que acá casi no hay, siempre me tenía listas mis tortillitas de mano y mis frijolitos con chile cuando llegaba yo de la obra, y pues como quien no quiere la cosa nos fuimos enamorando y tuvimos un chamaquito y hasta nos casamos. Y ahí fue que mi mamá se enojó conmigo porque según eso yo le había maloreado a su sobrina. Pero yo creo que ya venía maloreada, a saber.

El albañil extiende la mezcla entre los dos hilos con la cuchara y la aplana, la nivela, dice él, acariciándola con suavidad. Después pone un ladrillo ensopado y dándole golpecitos lo deja emparejado a la altura de los hilos, Luego extiende otro poco de mezcla y pone otro ladrillo y así una y otra vez.

- Lo que yo nunca voy a entender es porqué se malogró el muchachito, si parecía tan sanito. Según el doctor ya venía malito de nacimiento, quesque era resultado de que la Jacinta y yo fuéramos primos y que según así salen mal los chamacos a veces, lo cierto es que después de eso la Jacinta cambió, me rehuía la mirada y se pasaba las horas cantando en la puerta de la casa, viendo en dirección al rancho, como si arrullara una criatura. Ya no quiso estar más conmigo y por más que la consolaba uno con palabras tiernas y con chicotazos, a veces, uno se tenía que ir al bar ese del "mixteco" a buscar calorcito con las viejas esas de ahí, que aunque eran re-jaladoras, nomás andaban viendo como chingarle a uno sus centavos, y pues así no aguantaba la cosa.

Poco a poco se iba perfilando la pared. Cada vez que terminaba una hilera de ladrillos, el albañil tomaba una como regla con una capsulita de agua en medio y, poniendola sobre la hilera, verificaba que la pared "No le fuera quedando chueca". Después tomaba una cuerda con un cilindro hueco y pesado de fierro y "Checaba", según él, "Que no fuera quedando pandeada".
El sol, que ya empezaba a picar en las orejas, aflojaba el sebo en la cabeza del albañil y se iba deslizando por su frente, cayendo como cera por sus mejillas. Los niños habían dejado de jugar y se sentaban, agotados, en el piso, mientras el perro les lamía los pies descalzos.
Una mujer de mediana edad lavaba la ropa en un patio, demarcado apenas por un alambre de púas, al fondo, en una puertecita, se veía algo bullir en la estufa. El albañil se detuvo en su tarea, se acercó a su mochila, sucia y demasiado gastada y sacó un billete, le habló a uno de los niños que estaban sentados y le pidió que por favor fuera por "una coca, medio kilo de tortillas y un pollito rostizado de esos de los arizona", "andale y aquí te invito", le dijo. Mientras tanto se enjuagó las manos en la cubeta con agua y se secó el sudor de la cara con su camisa.

- Cuando la Jacinta me dejó, la verdad si me puse triste, porque la verdad yo si la quería y ni me importó que se llevara el dinero que tenía yo guardado, ni mis herramientas me dejó la desgraciada, pero en ese momento no me importó. La anduve buscando un tiempo, pero luego me enteré que se había regresado al rancho y que allá la había mordido una culebra y se había muerto de fiebre y que, según, se había puesto toda como viejita, encanecida y llena de arrugas, para cuándo la llevaron a enterrar. A mi todo eso me lo mandó a decir mi mamá, y que según eso, yo tenía la culpa de que la Jacinta se muriera.

Cuando el niño regresó, el albañil se sentó y sirviéndose en un pocillo el refresco, se puso a deshebrar el pollo con las tortillas, sacó una latita de chiles en vinagre de su mochila y haciéndose un taco se comió entero el pollo con el niño, que se veía que tenía mucha hambre.
Cuando terminaron le arrojaron los huesos al perro, que recibió gustoso el obsequio y hasta intentaba ladrar mientrás comía y movía la cola de contento.
El albañil tomó el pocillo en que estuvo bebiendo, su "vaso", decía él, y se puso a hacer gárgaras con el refresco y a enjuagarse los dientes.
Después de un sonoro eructo y de estirarse un poco, el albañil volvió a trabajar.

- Que la Jacinta se muriera y que mi mamá me mandara a decir esas cosas, y otras que no me acuerdo, me dió pa' bajo y me empecé a pasar las tardes y noches al "mixteco" pa' tratar de alegrarme un poco con las viejas esas de ahí.
Así, poquito a poco, me fuí olvidando de la Jacinta y me fui volviendo un poco vago, no me importaba mucho como no fuera tener un cincuenta para comprarme mis cañas, hasta llegué a robar, pero aquéllo no me gustó mucho, porque la gente se da cuenta siempre cuando uno es ratero y lo miran a uno feo y lo tratan mal.
Además una vez me cacharon cuando me andaba queriendo peinar un cartón de caguamas de un camión de esos de la sol y que me agarran a botellazos el chofer y su achichincle, de ahí ya no volví a robar.

En el momento en que la pared llegó a cierta altura, el albañil dejó de lado los ladrillos y el cemento y se puso a construir un cuadrado con una maderas que tenía a la mano, midiendo constantemente sus lados para asegurarse de que no quedara disparejo. Volvió a la pared, y dejó un espacio en la secuencia de los ladrillos, y colocó el cuadrado de madera y así siguó construyendo la pared y siempre que llegaba al cuadrado de madera, lo saltaba y seguía después un poco más allá.

- Para cuando volví a trabajar en esto ya me había yo curado de los botellazos, y de hecho fue de suerte, porque me encontré en el "mixteco" al maistro "tarolas" y me dijo que le había salido una chamba por allá por Tampico y que le hacía falta un valedor de confianza y pues yo la verdad ya andaba medio mal de tanto tomar y andar de vago que me fuí con él pa' Tampico.
Allá estuvimos construyendo unos edificios de esos de departamentos muy bonitos pero que se me hacía que parecían un poquito cárceles, quien sabe.
Lo que sí recuerdo muy bien es que por allá me comí un caimán, que me invitó un viejito medio loco que conocimos en un bar de por allá y que le decían Don Nicolás, y que ,según él, él mismo había cazado con una escopeta y usando un gato como carnada, quién sabe, lo que sí es que estaba bueno el condenado caimán.

Poco a poco se traslucía un ventana en el espacio que demarcaba el cuadrado que había construido el albañil y, a través de ella, se dejaba ver el cielo, pintado de ese azul tan fuerte de cuando está cerca el ocaso, y un poco más abajo los edificios de la ciudad, y un poco mas abajo, todavía, las casitas del arrabal aquél.

- Estando allá, junte un poco de dinero, lo suficiente para regresarme para acá y hacerme de mi terrenito y empezar a construir una casita, que es esa de por allá - dijo señalando un punto indefinido de entre las casitas que al fondo se divisaban - y dejar de estarle rentando a la mujer del José, que yo siento que nunca le caí bien, porque alguien le fue con el chisme de que según yo me había despachado al José afuerita del "mixteco". Yo, la verdad, no me acuerdo.

El albañil, cansado, recogió sus herramientas y las limpió con el agua de la cubeta, las metió una por una en su mochila, pasando el dedo por el filo de la cuchara húmeda
La luz se fue apagando poco a poco, tranquilamente, igual que como había llegado, los niños hacía tiempo ya que estaban dentro de sus casas y el perro se había quedado dormido frente a una puerta de metal oxidada por el tiempo.
El albañil sacó una botellita de aguardiente de caña y, dándole un trago largo, se fué caminado despacito, al tiempo que encendía un cigarrillo apretado y, así lentamente, se fue perdiendo en la obscuridad de la callecita del arrabal.

La luna se había empezado a dejar ver y las lámparas del alumbrado se habían encendido. La pared, iluminada con el pálido color amarillo de los faroles, lucía peculiarmente vieja.

sábado, 15 de agosto de 2009

Blup!


El reflejo de la luna es hermoso, totalmente puro, sin una sola deformidad a pesar de la lluvia.
Hace dos meses ya que no para de llover y sin embargo es posible contemplar la luna, el sol, las estrellas, como si las nubes no estuvieran (como no están).
El lago es bello, algo descuidado, pero bello no hay día o noche que no vea a las garzas rozar el agua con sus hermosas alas blancas.
Vivir aquí abajo es tranquilo, algo aburrido pero tranquilo, al menos me deja mucho tiempo para pensar y recordar en aquéllos días en que contemplaba el lago desde otro ángulo y leía títulos que ahora no recuerdo, pero sé muy hermosos.
Lo peor es la Soledad. Hace también dos meses que el último vino a verme y cuándo el se fue, empezó a llover. Quizás es coincidencia (Estoy seguro que no).

Siento que un halo de vacío me rodea, sé que me protege, pero el tributo que cobra es muy alto: El Olvido.
Los primeros días, después de mi llegada aquí, todos mis amigos estaban preocupados porque no me faltara nada: unos traían flores, otros llegaban con licores, incluso comida me traían. Sin embargo ninguno quizo quedarse a charlar conmigo, todos tenían prisa u otros asuntos que atender.
A mí me dolía que fueran a visitarme, sabía y comprendía que ellos no podían hacerlo siempre, pero me dolía más el que lo hicieran por compromiso que porque realmente quisieran hacerlo.
Ha empezado a amanecer, los primeros rayos de sol ya se notan, rosados, en el cielo. Si no fuera por lo claro del día y lo obscuro de la noche, no notaría el cambio. El amanecer y el ocaso no existen, son una farsa, una broma del sol para no hacer su trabajo. El muy ojete va y se asoma con los cabellos despeinados y con la cara roja de sueño, se va estirando poco a poco y empieza a brillar más, hasta que nos deslumbra y es entonces cuando ¡ZAS! se da la vuelta en la cama y ahí va para atrás quedándose dormido y habiéndonos embaucado con la mentira se su recorrido diario.
El último que vino, fue el único que habló Vino a despedirse, a decirme adiós como si fuera yo el que se estaba yendo. Después no dijo nada, aunque sus palabras todavía resonaban en la tierra de mi alrededor, se quedó mirando el el cielo conmigo, tranquilo.
Entonces lloró. El llanto mas triste que había yo visto en mi vida, sin un lamento, sin una queja, sólo las lágrimas lavándole la cara, limpiándole la consciencia.
Desde entonces no ha dejado de llover y el vacío de mi alrededor se cerró por completo.
El olvido trae cierta paz consigo, ayuda a hacer menos pesada la Soledad. Sin embargo, mientras mas olvido y soy olvidado, mas irreal se vuelve todo, se va transparentando, hasta que sólo queda su recuerdo y luego nada, en un ciclo de proporciones infinitas, porque tan variados son los recuerdos como variadas las personas con quién las comparto.
Una pareja está sentada junto a mí, ajena totalmente a mi presencia. Se besan, se abrazan, se prometen cosas que ambos saben no van a cumplir pero que, al invocarlas en su imaginación, suenan tan realizables que no pueden reprimir un suspiro.
No hay duda el amor es hermoso, o al menos lo era. Ya no tiene el valor de antes. Antes, podía provocar una guerra, destruir todo un imperio, atravesaba mares, superaba cordilleras e iba a morir al fin del mundo. Ahora te cuesta cincuenta centavos en cualquier papelería, provoca burlas, desdén, sufrimiento. Habrá que buscar otra palabra para llamar al sentimiento puro, por que el que ahora tiene, ya define cualquier otra cosa.

Hoy he visto salir el sol otra vez y me dio tiempo de conocer un poco a mis vecinos, unos caracoles comunes bastante educados. Traté de hacer conversación con ellos, pero hablaban en francés y no les entendí una palabra.
Pasé la tarde viendo volar a los peces y nadar a las garzas y los patos.
La lluvia no ha dejado de caer
Recordé un lugar que hacía tiempo no veía, pero que se materializó al instante al evocarlo en mi memoria. Aún así no pude recordar el nombre, señal inequívoca del olvido que me consume. Cuando yo olvide totalmente este lugar, habré desaparecido por completo

" La luz se cuela por la bóveda arbórea y cae en un mosaico amarillo hasta estrellarse contra el suelo. Reina en la atmósfera una calidez digna de los trópicos y un brillante color verde lo cubre todo, con excepción de de las blancas y gigantes piedras en la orilla."
" Todo el lecho es pedregoso, pero profundo, y resplandece, en colores nunca vistos, al contacto del sol. el silencio es casi religioso y es asesinado, a veces, por una hoja que cae..."

Éstas letras aparecieron escritas hoy junto a mi pié, rodeado de algas, no hay nada que recuerde ya y mi piel ha empezado a pudrirse y , en el reflejo de una trucha, el color enmohecido de mis ojos.
Ya no puedo sentir nada, ni siquiera a los charalitos y renacuajos que muerden, ávidos, mis pies.
Cierro mis párpados y, en el roce de unas alas contra el lago, me desvanezco.


lunes, 25 de mayo de 2009

Somnus


En la infinidad de la ciudad donde nadie duerme, donde nadie canta, donde nadie ríe, en la ciudad Gris, Jacobo se despoja de sus auriculares, en los que sólo suena música que él ha creado. Se despoja de las sábanas de color púrpura que retienen el calor de su cuerpo, corrompido por el hedor de la opresión que su sociedad le impone.
Los opresores caminan abajo, en las calles, en filas enormes de color monótono.
Jacobo se levanta, da una, dos o tres vueltas en su cuarto de color azul violeta y se toma un café de tonalidades amarillas. Sale a la calle y respira el humo espeso combinado con oxígeno que todo el mundo respira. Camina un poco por la mitad de la calle, importándole muy poco el tráfico vehicular que lo rodea y , cuando se ha cansado de caminar, se sienta en el suelo y duerme.

La nada se ha apoderado de todo y trata de asomarse por la ventana en un vano intento de tragarse todo lo del interior. Jacobo se despereza, no tiene la menor idea de dónde está, no reconoce las paredes negras, la cama negra, la ausencia de luz y , sin embargo, puede ver. Junto a su mano hay una tiza, un normal y perfecto trozo de tiza, lo contempla, lo sopesa, lo prueba y cuando está convencido de que lo que tiene en la mano es un verdadero trozo de tiza, escribe:

"I am tired, I am weary
I could sleep for a thousand years
A thousand dreams that would awake me
Different colors made of tears..."

El cuarto se ha llenado de tiza, tiza blanca, tiza azul, tiza negra, tiza amarilla, tiza de todos los colores posibles. Frente a él hay un mingitorio, un precioso mingitorio de madera tallada, adornado con grabados de hojas de parra. Jacobo sintió un irrefrenable deseo de orinar y se maravilló de la sensación que sus esfínteres transmitían a su cuerpo, sin embargo fué algo apenas comparable con la que tuvo al sentir su vejiga vaciarse. Un temblor lo recorrió al instante, provocado por un extraño placer, cerró los ojos para disfrutar de las sensaciones que su propio cuerpo le transmitía.
Acabó.
Un irrefrenable mareo se apoderó de él y abrió los ojos, la obscuridad había regresado, mas intensa, mas espesa, casi tangible. La obscuridad brillaba en su totalidad, resplandecía, llenando el cuerpo de Jacobo de matices que sólo la obscuridad podía iluminar.
Jacobo sintió miedo, un miedo puro, y primitivo, un miedo heredado de generación, de centuria en centuria, de dinastía en dinastía, desde que el primer homínido conoció la obscuridad y sintió temor.

El bar se encontraba iluminado por unas cuantas lámparas y en las mesas brillaban allgunas velas aromatizadas, el lugar no era ni muy grande ni muy pequeño, y reinaba cierto ambiente de intimidad, basada sin duda en la complicidad, una fraternidad que rayaba con la hermandad pura.
Unos zombies de color naranja y vestidos de morado tocan música lounge, mezclando y saturando de ruidos canciones y estribillos de éxitos pasados.
~Acaba de una vez esa porquería~ le dice Jaqueline~ hace años que se ha de haber calentado.
En efecto, la bebida se encontraba tibia y había perdido ese sabor entre picante y dulzón que a jacobo le agradaba para dar paso a un sabor amargo y ácido a la vez.
Algunos ruidos externos quiebran el ambiente, aullidos y gruñidos se escuchan mezclados con llanto de algunos bebés. Jacobo se asoma por la ventana y ve como una pequeña manada de licántropos se alimenta de los cadáveres de una decena de niños. Un hombre levanta una reja y sale del lugar donde están los lobos, al parecer, él los ha alimentado.
Jaqueline se levanta y empieza a bailar, siguiendo el ritmo de la música que ahora tocan un dúo de Kappas. La piel de Jaqueline es terza y se extiende y contrae en su cintura, cada vez que ella mueve las caderas y menea el trasero redondo y duro. Su respiración es agitada y las aletillas de su nariz se abren y cierran con cada exhalación. Jacobo se detiene en su boca, en esos labios resecos y a la vez tan jugosos, en esos dientes que de tan blancos parecen amarillos, en la lengua que seguramente se moverá juguetona dentro de esa cajita sabor durazno.
Ya ha amanecido, en las lejanas montañas los rayos del sol sobresalían y estallaban en colores naranjas y rosas, desgajando de las nubes trozos de color rojo sangre, bañando la cara de Jacobo.

La vista desde la cima es maravillosa, a lo lejos la gran ciudad se muestra majestuosa, incólume, rodeada de un aire de malignidad infernal que raya en lo terrible.
Jacobo siente la presión de una mirada, voltea lentamente, sorprendiendo a una inmensa ave posada sobre la rama de un árbol seco. Era una lechuza gris de proporciones gigantescas y devoraba, sin dejar de mirar a Jacobo, una vaca gorda y vieja.
Jacobo retrocede, sin saber si es el pánico o la admiración lo que lo empuja hacia el borde del abismo.

El viento a su alrededor es helado, casi sólido, y le corta las mejillas, le rasga la ropa, le corroe los huesos, el dolor es agradable, es sano, es muestra inequívoca de la vitalidad que está por abandonarlo. Jacobo extiende los brazos y abre las piernas, intentando planear un poco aumentando la superficie que su cuerpo tiene con el aire. El suelo se acerca cada vez más, incluso puede ver ya las formas de las pequeñas piedras que en el se encuentran. Jacobo cierra los ojos, un frío aún mayor lo asfixia, comprimiéndolo, minimizando cada parte de su ser.

La obscuridad lo rodea otra vez, sonriéndole, tomándolo entre sus fríos brazos, arrullándolo. La piel se le eriza, sus pupilas se dilatan, la respiración se agita. Los latidos de su corazón aumentan su ritmo, aumentando la presión interna, presionando, pugnando por salir, intentando reventar cada vena y cada arteria.

El calor es insoportable, feroz, mordiente, Jacobo sintió estar recostado en un sartén lleno de aceite. Pero, ¿estaba recostado realmente?, ¿dónde estaba? No podía ver nada a su alrededor. Trató de levantarse pero algo realmente duro lo golpeó en el rostro al hacerlo. Extendió las manos y tocó, la superficie era lisa y fría, a sus lados, paredes del mismo material lo rodeaban. Estaba encerrado dentro de aquélla caja de piedra o lo que fuera que sea. Cerró los ojos, los volvió a abrir, se movió una y mil veces dentro del reducido espacio que lo circundaba, desesperado, empujó lo que supuso era la tapa de la caja, pero ésta ni siquiera un centímetro se movió.
Jacobo empezó a cantar, muy pocas veces lo había hecho. Antes había compuesto algunas melodías, que él mismo tocaba. La voz le salió natural, sin esfuerzo, proveniente de lo más profundo de su ser, cantó como si nada mas importara, sacando todo lo que en su vida le había lastimado, cantó acerca de su extínta familia, de aquéllos desconocidos con los que dormía, comía, jugaba, cantó acerca de sus rechazos, tanto amorosos como sociales, cantó acerca de sus sueños inducidos por floripondio y diazepanes, de la alegría que le provocaba ver la puesta de sol, cuando moría el día, cantó de la belleza en el vuelo de las aves, de la lluvia, de sus amigos, de todo aquéllo que lo hacía sentir felíz y triste, alegre y enojado, todo mezclado, todo lo que éra él.

Jacobo calló, disfrutando el silencio que de repente lo había invadido. Sintió una brisa, que le movió el pelo y jugueteó con los vellos de su brazo. Se sentía delicioso estar ahí, tumbado en medio del silencio y de la obscuridad y con aquélla brisa. Jacobo estiró los brazos y sintió cómo se perdían en aquélla nada que le rodeaba, en aquél aparante vacío en el que sólo estaba él y la caja en la que se encontraba. Salió. Estaba erguido pero no se encontraba parado en nada, sintió la gravedad, pero no había nada que la ejerciera. Se agachó e intentó tocar en lo que estaba parado, pero sus manos se hundieran en una obscuridad sólida.
Jacobo avanzó, caminó y caminó por mucho tiempo, muchas horas, días quizá, incluso meses, no sabía en realidad cuánto tiempo había caminado. No sintió hambre, no tuvo frío, tampoco cansancio.

Hasta que chocó.

Sintió el golpe duro y seco en todo su cuerpo, como si lo hubieran golpeado desde todos los puntos posibles. La cosa que estaba delante de él era inmensa, Jacobo la rodeó hacia todos los puntos hasta darse cuenta que se trataba de una esfera, una gran bola negra en medio de la obscuridad y el silencio totales. Jacobo se sentó, recogió las piernas y esperó.
Un punto blanco apareció, justo en la parte central de la esfera, algo como una chispa, que fué creciendo, aumentando de volumen y de brillantez. La luz se hizo mas potente y mas grande. Jacobo escuchó un voz, una voz hermosa y terrible, una voz que cantaba pero sin articular palabra. La esfera se llenó de luz, mientras la voz se hacía cada vez mas clara, más fuerte, más rítmica. Jacobo tocó la esfera, antes apagada y sin vida, y la sintió suave, tibia e increíblemente protectora, mientras la voz seguía repitiendo su tonada sin llegar a ser monótona.

Un temblor inmenso recorrió la esfera, cimbrándola completamente. La luz se había vuelto cegadora y la voz se repetía en una secuencia caótica que empezó a ensordecer a Jacobo, pero que no perdió su hermosura.
La esfera expolotó, lanzando milésimas de particulas en el infinito obscuro que rodeaba a Jacobo. Míles de fragnetos de materia incandescente se dispersaron, formando remolinos de gas y polvo. Chispazos refulgían por todos lados, chocando unos con otros y fusionandose, esferas de luz brillante y de un calor incinerante. La onda de choque siguió avanzando dejando a su paso restos fríos que siguieron moviéndose hasta la eternidad. Jacobo admiró el espacio circundante, vagando siempre hacia delante, observando las galaxias recién nacidas y los sistemas en estado de evolución. Siguió caminando, poco a poco, sin prisas, observando la continuidad del universo y su rápido desarrollo. Caminó, sin darse cuenta de que estaba siguiendo el mismo camino que lo había conducido hacia la esfera.

Intentó visitar algunos mundos, mundos pequeños, mundos enormes, con vida y sin ella, con sólo desarrollo vegetal y otros en los que apenas borboteaba el caldo primigéneo, pero, a pesar de que los conocía, nunca pudo dejar de pensar que tan sólo habia llegado a ver una pantalla, algo deformado de la realidad, como lo que se ve a través de un cristal empañado.

Una fuerza extraña empezó a actuar sobre él, a jalarlo, absorbiendo los recuerdos a los que Jacobo se aferraba para existir. Jacobo miró para todos lados, no había luz, no había estrellas, no había nada, sólo aquélla fuerza inmensa que tratába de encerrarlo. " la caja", pensó Jacobo, sintiendo una alegría que no pudo explicar, como si se encontrara con un viejo buen amigo.

La oscuridad volvió a aprisionarlo, pero ya no sintió miedo, trató de estrangularlo una vez mas, pero resistió la presión y se opuso completamente a ella, le hizo frente, la combatió, mordiendo hacia todos lo lados y hacia todas las direcciones, golpeando, rasgando, defendiendo hasta el último reducto de su memoria, que se encontraba transfigurada.

Jacobo se encontró en una selva llena de espejos que no reflejaban nada, tan sólo un limbo gris se perfilaba en todos ellos. Caminó por un pasillo, observando los cuerpos inertes que colgaban del techo, goteando sangre coagulada, y trozos de carne seca, casi hecha polvo. Jacobo no alcanzó a ver los rostros de los cuerpos resecos y podridos en los que hacían su nido las larvas y las moscas, e incluso agradeció que se encontraran tan alto y tan cerca de las ventanas, ya que hacía el hedor mas soportable.
Paseó por largos corredores y amplias salas, en unas había animales, en otras juguetes viejos, en una había una colección inmensa de fotos viejas y polvosas cubiertas de un aura gris en las que se apreciaban a duras penas algunos rostros. Jacobo encontró una puerta pequeña y salió. El viento helado le pegó de lleno en la cara, moviendo sus cabellos en ondulaciones inertes. Miró a su alrededor y no encontró un solo punto en el cuál posar sus ojos.

La llanura se mostraba eterna, bella en su estado vírgen y aterradora por la soledad que emanaba de ella. La nieve cubría gran parte del extenso terreno y allí, donde no había nieve, una arena de un color blanco, tan puro como el azul del cielo en una tarde despejada de verano, se elevaba junto con la nieve pulverizada formando remolinos.
La luz del sol invadía todo el cielo, de un color gris plomizo, produciendo una sensación cercana al dolor cuando se miraba hacia arriba. Jacobo volteó hacia atrás, con la intención de ver el edificio del que había salido. Tan sólo una puerta se levantaba enfrente de él, tan sólo una puerta rodeada de esa llanura helada y llerma. Jacobo regresó sobre sus pasos y rodeó la puerta, no había nada del otro lado y , cuándo volteó de nuevo hacia la puerta ésta habia desaparecido, tan sólo la gran extensión blanca se veía hacia todas partes. Jacobo regresó otra vez y miró: la puerta habia aparecido otra vez, era como si la puerta existiera tan sólo en un plano, sin niguna dimensión. Después de rodear la zona de la puerta por lmenosfuerzatreses veces, Jacobo se cansó del juego y siguió caminando, como siempre, sin rumbo fijo, toda su concentración se iba en avanzar.

La base de la montaña era una superficie lisa y calmada. El viento apenas soplaba en ese lugar, haciendo que las huellas dejadas en la nieve duraran por mucho tiempo. Grupos de rocas de superficie suave y lisa se amontonaban por todos lados, formando figuras de contornos seductores y sugerentes.
Jacobo nunca había visto una montaña como aquélla. Se levantaba totalmente en vertical, sin ningua pendiente o inclinación y su cima permanecía invisible, cubierta por la bruma de color gris. A los lados, la montaña se extendía indefinidamnete, hasta el punto en el que uno piensa que se ha vuelto ciego alno ver nada más.
Jacobo no supo que hacer, no podía treparla dado que la superficie de la montaña era tan lisa como la de las piedras, e incluso mas suave. Tampoco podía quedarse allí, porque el deseo de avanzar lo dominaba. Decidió tratar de rodear la gran montaña, o lo que aquélla mole de piedra fuera.

La luz empezaba a declinar, y las sombras de las piedras comenzaban a hacerse largas, cuando Jacobo llegó a las escaleras. Eran unas largas escaleras de piedra lisa y suave que se encarnaban en la montaña e íban a parar, muchos metros después, en la entrada de lo que parecía ser una cueva.
Jacobo empezó a a subir, esperanzado con la cueva que le podría servir de resguardo. Varias veces estuvo a punto de rodar custa abajo por culpa de la nieve y el viento que soplaba hacia arriba, levantándolo y obligándolo a asirse de las insignificantes grietas que había en las comisuras de los escalones. Muchas veces trató de ver hacía abajo y siempre le pareció que se encontraba a la mitad de un abismo cuyo fondo resplandecía de blancura.
La entrada de la cueva era majestuosa. Labrado en la piedra, un arco inmenso, bordeado por columnas, se alzaba. La piedra se encontraba cubierta por una capa perenne de hielo, el cual también se había tallado a fin de conseguir una filigrana con figuras fantásticas de faunos seduciendo a las ninfas y caballos alados volando sobre el mar.
Una puerta que se encontraba dentro del arco estaba cerrada, mostrando sus batientes de pesados tablones negros y semipodridos. Los goznes se encontraban oxidados y los contrachapados luchaban por no desprenderse de la madera.
Jacobo empujó, sin fuerza, la inmensa puerta. Un vacío se apoderó de su cuerpo, se volvió ligero, casi flotaba, y con el impulso único de su pensamiento, entró en la cueva. Antorchas iluminaban el pasillo, obscuro y húmedo, saturando el ambiente con un olor refrescannte. Sus pasos no sonaron, era como si una alfombra recubriera el suelo, cuando empezó a caminar.

Algo húmedo le cayó en la frente, era una gota de un líquido plateado y viscoso, como plata fundida, que empezó a expandirse por toda su cara, por su cuello, por su pecho, sus brazos, sus piernas, hasta cubrirlo todo. Jacobo se sintió pesado y no pudo caminar. Se sentó en el suelo y, cuando el líquido llegó a su corazón, se desplomó lentamente, hundiéndose en la tierra, que lo fué tragando poco a poco, sin prisa, hasta cubrirlo por completo. No gritó, no lloró, tan sólo recordó todo aquéllo que lo habia hecho ser quien fué. Un último latido resonó en la cueva, bajó las escaleras, recorrió la inmensa llanura congelada, cruzó la puerta plana, atravesó las salas viejas y podridas, esquivando las gotas de sangre seca que caían del techo, se elevó en el cielo y viajó por el espacio, cada vez mas rápido, entró en la caja y subió por el abismo, encaró a la gran lechuza y rompió todas las ventanas del bar, atravesó a Jaqueline, entrando por su ombligo y saliendo por sus ojos, quemó el minjitorio, en el cual empezaba a brotar una orquídea y borró todo lo escrito con tiza, salió por la ventana y se clavó en la frente del muchacho que se encontraba dormido a media calle.


Las nubes grises se movían lentamente allá arriba, en el cielo, los opresores pasaban disimuladamente y fingiendo ver hacia otro lado, caminando siempre en filas. El muchacho se levantó, parpadeó unas cuántas veces y alzando los brazos hacia un pequeño punto de cielo azul, comenzó a reir.

martes, 19 de mayo de 2009

RORSCHACH














... El cielo se encontraba a sus pies, podia pisarlo, sentir su hùmeda substancia hundirse a cada paso que daba, ondulando.

Con descaro, mirò al agujero en el sillòn, parecìa una boca, una grande y jugosa boca con tentàculos, y piensa en el color ladrillo del sillòn, en el ardor profundo y con sabor a oxido de su nariz, en el sopor, en ese pesado bochorno que provocaba la apestosa sudoraciòn que corrìa por su cara e iba a estrellarse, silenciosamente, en la polvosa alfombra.

Se imaginaba rompiendo el vidrio para salir corriendo por todo el cielo, y desnudarse, arrancarse la pìel y nadar en todo el vasto infinito.

Sus labios estaban resecos, y una grieta se deforma a sì misma, recorriendo su rostro, cuarteando sus ojos.

No podìa dejar de pensar en el color ladrillo del sillòn, y en el zumbido, en el odioso e interminable zumbido.

En el fluir.

Todo fluye, no podìa detenerlo, estaba ahì fluyendo.

Je, se habìa derramado.


Mirò la ciudad de antenas y riò, le causaban gracia, con su altura, su elegancia, su monotonìa impresa en el invariable vestido rojiblanco, adoraba todo aquello que las hacìa antenas.

Rojo y blanco, igual que la mancha sobre la camisa del Gordo del baño.

El zumbido no paraba nunca en sus orejas, siempre era mas fuerte y estridente, ¿porquè lo matò? no fuè su voz chillona y casi gangosa lo que le molestaba, ni siquiera el gorgoreo de su respirar, tampoco fuè el asqueroso movimiento de su papada, que temblaba siempre un poco al hablar.

Pensò en el color ladrillo del sillòn y recordò como èse precioso color rojo iba cubriendo poco a poco la blanca camisa de Gordo. Riò al recordar còmo, mientras mas se tintaba la camisa mas pequeño se iba volviendo Gordo.


Mañana, unos pequeños zapatos blancos temblaràn y saldràn corriendo al pisar el charco que alguna vez fue Gordo.

Jejejejejejejeje, ahora se ha derramado, los tentàculos tiemblan y el ladrillo del sillòn zumba: no hagas ruido, utiliza voz baja.

Pero el quiere gritar, a pesar de la posible vergüenza que le dè hacerlo, como pequeño rèquiem por el charco que alguna vez fuè el ahora desinflado Gordo.

sábado, 16 de mayo de 2009

Agua



                                                                                                                            La lluvia, bendita sea, no ha dejado de caer,
y me siento alegre al percibir su suave y estruendoso choque.

Deseo salir a la calle, subir por una callejón empinado
y sentir la frescura del agua mientras cae por mi torso desnudo.
Sentir el salpicar de cientos de gotas en mi rostro
y saborear las que caigan en mi boca.
Quiero salir y saltar sobre las lagunillas, pasar en bicicleta por los richuelos
y sentir en mis cabellos el aliento del viento
y el correr del agua.

Miro los techos de lámina y me hipnotizo con las ondas que las gotas van dibujando,
miro los árboles, y sigo el recorrido que la lluvia va haciendo por las hojas,
por las ramas, deslavando el verde y sembrándolo en el suelo.

Cerca, bajo el alero de una casa cercana, unos gorriones miran, entristecidos,
el espacio húmedo que ante ellos se abre.
Me encantaría verlos volar bajo la lluvia,
atravesando el vacío salpicado de perlas transaparentes,
me gustaría verlos salir uno por uno, lentamente,
separandose del todo que representa el muro, desgajándose,
cual si fueran pequeñas gotas negras.

Imagino, a lo lejos, los hermosos lirios rosados, húmedos y tiernos,
invitándome a posar sobre ellos una caricia.
Pequeñas ranas nadan por debajo, ocultándose,
temerosas de que alguién, al pasar, las pise.
Veo con entusiasmo el silencioso correr del agua,
que pasa por debajo de las plantas que cubren el pequeño arroyo cercano
y sigo con la imaginación el camino que recorre hasta el lago,
que a lo lejos se aprecia.

La lluvia ha arreciado y mi interior se llena de placer al escuchar el canto de las gotas,
que sube por la pared, atraviesa la ventana y revienta en mis oidos la suave nota de una canción olvidada, sumamente amada, sepultada por el recuerdo que es mejor olvidar.

Los juncos se mecen tranquilamente,
formando diseños fantásticos en el agua, y la superficie del lago se lena de ondulaciones.
las gotas parecen suspendidas, eternamente, en el tiempo,
no caen, solo están, hiriendo la piel del agua constantemente
y constantemente haciendo ¡plish!, ¡plosh!.
Sería divertido estar debajo de la tibia agua del lago,
mirando hacia arriba, y ver como rompen la superficie innumerables proyectiles plateados.
Estarse entre las raices de lo manglares, cazar salamandras
y bucear junto a las garzas que observan, recelosas, mi cercanía.

Sentir entre los dedos, entre los brazos, entre mis piernas entumidas,
a los pequeños peces que, mordiendo, se acercan a mi cuerpo.
pero sólo observo, sólo puedo observar,
sintiendo en mis oidos el suave y estruedoso caer de la lluvia.


jueves, 14 de mayo de 2009

HELLRAISER


Aire, movimiento, libertad
Aire, movimiento, libertad
Aire, movimiento, libertad

No encuentro ni aire, ni movimiento, ni libertad,
algo me ahoga, algo me ata, algo me suprime.

Que amargo es el hastío que me rodea,
y sin embargo lo siento tan dulce.
Es como comer caramelo caliente, no importa cuanto queme,
es delicioso.

Las cadenas se incrustan en mi cuerpo, sangrándolo,
hiriéndolo, y siento el cosquilleo de la gota roja que baja por mi pecho,
hacia mis piernas, pasando por detrás de la rodilla, acariciando mi pantorrilla
y sumergiendome en un éxtasis infinito al sentir el hilo tibio
que ahora toca el suelo y moja mis pies, calentándolos.

Una música suave suena en mis oidos, aotronadora,
y perfora mi cabeza, penetrando, penetrando,
hurgando como un dedo mohoso en una llaga.

Sonrío. Abro mi boca y sonrío.
Una mueca empieza a formarse en mi rostro, despacio,
siento cómo los músculos de mi cara comienzan a contraerse y expandirse,
al tiempo que un cosquilleo, un temblor, comienza a invadir mi garganta.
Empiezo a reir.

Una puerta se abre, un disparo suena,
tres de mis dedos salen volando
y veo como una tenue lloviznilla roja salpica las paredes.
No puedo dejar de reir.
Miro mis dedos, uno todavía se mueve
y repta lentamente, len-ta-men-te,
acercandose a mi rostro.