
... La luz caía lentamente, atravesando las leves capas de polvo que el viento levantaba, haciendo que las piedras de la calle parecieran mas grandes de lo que en realidad eran. Un gallo cantaba, inflando el pecho, orgulloso de su magnificada sombra, que rebotaba en los techitos de lámina del arrabal.
Algunos niños jugaban con un pequeño balón desinflado, gritando y riendo alegremente, con la cara llena de lagañas y lágrimas viejas, mientras un perrillo faldero los perseguía a todas partes, tratando de llamar su atención con sus ladridos chillones.
La voz del albañil suena áspera, acompañada de un tono como de rencor macerado en alcohol.
- Allá uno no tenía necesidad de nada - decía el albañil mientras regaba en el suelo un bulto de cemento y lo combinaba con arena y un poco de cal - siempre había agua , no bastaba mas que irse al río y agacharse en uno de esos remansos donde saltan los gusarapos y los ajolotes, no como aquí, que a huevo tiene uno que joderse comprando garrafas de agua. Allá no tenía uno que andarse arrastrando para poder beber. Y, si de casualidad sentía uno hambre, no tenía uno más que treparse al mango de doña Licha, y uno podía jartarse todos lo que quisiera, total que ella ya se había muerto hacía años.
El albañil extiende la mezcla, revolviendola con la pala con ternura, y hace un pequeño cráter en medio, luego toma una cubeta que se va a llenar, con pasos lentos y sin prisa, a la pileta, y allí se está, viendo el polvo elevarse a ese cielo limpio de nubes.
Vacía la cubeta en el cráter, despacio, viendo tranquilamente caer el agua de la cubeta al piso, mientras que el hoyo se va llenando poco a poco.
- Eso era antes, cuando uno sentía un no se qué en las tripas y se regresaba uno a su rancho para visitar a su mamá... pero ahora ya ni de eso le dan ganas a uno. ¡Carajo!, y yo que quería irme mañana a Villahermosa para pasear con la Susana y ahora tengo que terminar esta chamba.
El albañil se levanta se pasa una mano por la frente y reinicia a incorporar la mezcla con la pala, revolviendo y separándola en surcos grandes y pequeños, distribuyendo uniformemente la humedad, cual si amasase un pan.
- No, sí que era bonito mi rancho, podía uno perderse entre los cañaverales cazando culebras o buscar alacranes entre las tejas del granero, para echárselos entre los pantalones al loco que se quedaba a dormir afuera de la capilla, o ir a ver a escondidas a las muchachas a bañarse al río. en cualquier cosa podía entretenerse uno, no como los mocosos de por acá que no pueden ver una pinche hormiga por que sienten que se los va a comer, pendejos.
El albañil toma un montón de ladrillos y, apiladitos unos sobre otros, se los lleva cargando, como si llevara un bebé, y los coloca junto a un par de hilos azules que se encuentran, tensos, amarrados entre dos columnas de varillas.
- Yo no sé por que chingados me vine para acá, si allá estaba uno tan cómodo. Todo fue culpa del José, yo no sé porqué le hice caso, según él acá en la ciudad uno vive mejor, que con saber uno mover la lengua la hacía cualquiera, para lo que le sirvió a él saber mover la lengua, no le valió nada cuando lo picaron afuerita del bar ese del "mixteco". Yo me quedé por que en ese tiempo estaba yo ganando bien como aprendiz de albañil con un señor güero que le decían el "tarolas" y hasta estaba haciendo yo planes de traerme a mi mamá para acá, para tenerla cerquita y no se me fuera a morir sola allá en el rancho
El albañil toma un ladrillo y lo sumerge en una cubeta con agua y, mientras sigue hablando, el ladrillo se sumerge pesadamente en la cubeta, borboteando y manchando el agua de un color rojizo, como tezcalate. El albañil toma otro ladrillo y repite la operación y así sucesivamente hasta llenar la cubeta.
- La cosa es que antes de que pudiera traerme a mi mamacita, se apareció por acá mi prima la Jacinta. Era ella una mujer de veras, de esas que acá casi no hay, siempre me tenía listas mis tortillitas de mano y mis frijolitos con chile cuando llegaba yo de la obra, y pues como quien no quiere la cosa nos fuimos enamorando y tuvimos un chamaquito y hasta nos casamos. Y ahí fue que mi mamá se enojó conmigo porque según eso yo le había maloreado a su sobrina. Pero yo creo que ya venía maloreada, a saber.
El albañil extiende la mezcla entre los dos hilos con la cuchara y la aplana, la nivela, dice él, acariciándola con suavidad. Después pone un ladrillo ensopado y dándole golpecitos lo deja emparejado a la altura de los hilos, Luego extiende otro poco de mezcla y pone otro ladrillo y así una y otra vez.
- Lo que yo nunca voy a entender es porqué se malogró el muchachito, si parecía tan sanito. Según el doctor ya venía malito de nacimiento, quesque era resultado de que la Jacinta y yo fuéramos primos y que según así salen mal los chamacos a veces, lo cierto es que después de eso la Jacinta cambió, me rehuía la mirada y se pasaba las horas cantando en la puerta de la casa, viendo en dirección al rancho, como si arrullara una criatura. Ya no quiso estar más conmigo y por más que la consolaba uno con palabras tiernas y con chicotazos, a veces, uno se tenía que ir al bar ese del "mixteco" a buscar calorcito con las viejas esas de ahí, que aunque eran re-jaladoras, nomás andaban viendo como chingarle a uno sus centavos, y pues así no aguantaba la cosa.
Poco a poco se iba perfilando la pared. Cada vez que terminaba una hilera de ladrillos, el albañil tomaba una como regla con una capsulita de agua en medio y, poniendola sobre la hilera, verificaba que la pared "No le fuera quedando chueca". Después tomaba una cuerda con un cilindro hueco y pesado de fierro y "Checaba", según él, "Que no fuera quedando pandeada".
El sol, que ya empezaba a picar en las orejas, aflojaba el sebo en la cabeza del albañil y se iba deslizando por su frente, cayendo como cera por sus mejillas. Los niños habían dejado de jugar y se sentaban, agotados, en el piso, mientras el perro les lamía los pies descalzos.
Una mujer de mediana edad lavaba la ropa en un patio, demarcado apenas por un alambre de púas, al fondo, en una puertecita, se veía algo bullir en la estufa. El albañil se detuvo en su tarea, se acercó a su mochila, sucia y demasiado gastada y sacó un billete, le habló a uno de los niños que estaban sentados y le pidió que por favor fuera por "una coca, medio kilo de tortillas y un pollito rostizado de esos de los arizona", "andale y aquí te invito", le dijo. Mientras tanto se enjuagó las manos en la cubeta con agua y se secó el sudor de la cara con su camisa.
- Cuando la Jacinta me dejó, la verdad si me puse triste, porque la verdad yo si la quería y ni me importó que se llevara el dinero que tenía yo guardado, ni mis herramientas me dejó la desgraciada, pero en ese momento no me importó. La anduve buscando un tiempo, pero luego me enteré que se había regresado al rancho y que allá la había mordido una culebra y se había muerto de fiebre y que, según, se había puesto toda como viejita, encanecida y llena de arrugas, para cuándo la llevaron a enterrar. A mi todo eso me lo mandó a decir mi mamá, y que según eso, yo tenía la culpa de que la Jacinta se muriera.
Cuando el niño regresó, el albañil se sentó y sirviéndose en un pocillo el refresco, se puso a deshebrar el pollo con las tortillas, sacó una latita de chiles en vinagre de su mochila y haciéndose un taco se comió entero el pollo con el niño, que se veía que tenía mucha hambre.
Cuando terminaron le arrojaron los huesos al perro, que recibió gustoso el obsequio y hasta intentaba ladrar mientrás comía y movía la cola de contento.
El albañil tomó el pocillo en que estuvo bebiendo, su "vaso", decía él, y se puso a hacer gárgaras con el refresco y a enjuagarse los dientes.
Después de un sonoro eructo y de estirarse un poco, el albañil volvió a trabajar.
- Que la Jacinta se muriera y que mi mamá me mandara a decir esas cosas, y otras que no me acuerdo, me dió pa' bajo y me empecé a pasar las tardes y noches al "mixteco" pa' tratar de alegrarme un poco con las viejas esas de ahí.
Así, poquito a poco, me fuí olvidando de la Jacinta y me fui volviendo un poco vago, no me importaba mucho como no fuera tener un cincuenta para comprarme mis cañas, hasta llegué a robar, pero aquéllo no me gustó mucho, porque la gente se da cuenta siempre cuando uno es ratero y lo miran a uno feo y lo tratan mal.
Además una vez me cacharon cuando me andaba queriendo peinar un cartón de caguamas de un camión de esos de la sol y que me agarran a botellazos el chofer y su achichincle, de ahí ya no volví a robar.
En el momento en que la pared llegó a cierta altura, el albañil dejó de lado los ladrillos y el cemento y se puso a construir un cuadrado con una maderas que tenía a la mano, midiendo constantemente sus lados para asegurarse de que no quedara disparejo. Volvió a la pared, y dejó un espacio en la secuencia de los ladrillos, y colocó el cuadrado de madera y así siguó construyendo la pared y siempre que llegaba al cuadrado de madera, lo saltaba y seguía después un poco más allá.
- Para cuando volví a trabajar en esto ya me había yo curado de los botellazos, y de hecho fue de suerte, porque me encontré en el "mixteco" al maistro "tarolas" y me dijo que le había salido una chamba por allá por Tampico y que le hacía falta un valedor de confianza y pues yo la verdad ya andaba medio mal de tanto tomar y andar de vago que me fuí con él pa' Tampico.
Allá estuvimos construyendo unos edificios de esos de departamentos muy bonitos pero que se me hacía que parecían un poquito cárceles, quien sabe.
Lo que sí recuerdo muy bien es que por allá me comí un caimán, que me invitó un viejito medio loco que conocimos en un bar de por allá y que le decían Don Nicolás, y que ,según él, él mismo había cazado con una escopeta y usando un gato como carnada, quién sabe, lo que sí es que estaba bueno el condenado caimán.
Poco a poco se traslucía un ventana en el espacio que demarcaba el cuadrado que había construido el albañil y, a través de ella, se dejaba ver el cielo, pintado de ese azul tan fuerte de cuando está cerca el ocaso, y un poco más abajo los edificios de la ciudad, y un poco mas abajo, todavía, las casitas del arrabal aquél.
- Estando allá, junte un poco de dinero, lo suficiente para regresarme para acá y hacerme de mi terrenito y empezar a construir una casita, que es esa de por allá - dijo señalando un punto indefinido de entre las casitas que al fondo se divisaban - y dejar de estarle rentando a la mujer del José, que yo siento que nunca le caí bien, porque alguien le fue con el chisme de que según yo me había despachado al José afuerita del "mixteco". Yo, la verdad, no me acuerdo.
El albañil, cansado, recogió sus herramientas y las limpió con el agua de la cubeta, las metió una por una en su mochila, pasando el dedo por el filo de la cuchara húmeda
La luz se fue apagando poco a poco, tranquilamente, igual que como había llegado, los niños hacía tiempo ya que estaban dentro de sus casas y el perro se había quedado dormido frente a una puerta de metal oxidada por el tiempo.
El albañil sacó una botellita de aguardiente de caña y, dándole un trago largo, se fué caminado despacito, al tiempo que encendía un cigarrillo apretado y, así lentamente, se fue perdiendo en la obscuridad de la callecita del arrabal.
La luna se había empezado a dejar ver y las lámparas del alumbrado se habían encendido. La pared, iluminada con el pálido color amarillo de los faroles, lucía peculiarmente vieja.
Algunos niños jugaban con un pequeño balón desinflado, gritando y riendo alegremente, con la cara llena de lagañas y lágrimas viejas, mientras un perrillo faldero los perseguía a todas partes, tratando de llamar su atención con sus ladridos chillones.
La voz del albañil suena áspera, acompañada de un tono como de rencor macerado en alcohol.
- Allá uno no tenía necesidad de nada - decía el albañil mientras regaba en el suelo un bulto de cemento y lo combinaba con arena y un poco de cal - siempre había agua , no bastaba mas que irse al río y agacharse en uno de esos remansos donde saltan los gusarapos y los ajolotes, no como aquí, que a huevo tiene uno que joderse comprando garrafas de agua. Allá no tenía uno que andarse arrastrando para poder beber. Y, si de casualidad sentía uno hambre, no tenía uno más que treparse al mango de doña Licha, y uno podía jartarse todos lo que quisiera, total que ella ya se había muerto hacía años.
El albañil extiende la mezcla, revolviendola con la pala con ternura, y hace un pequeño cráter en medio, luego toma una cubeta que se va a llenar, con pasos lentos y sin prisa, a la pileta, y allí se está, viendo el polvo elevarse a ese cielo limpio de nubes.
Vacía la cubeta en el cráter, despacio, viendo tranquilamente caer el agua de la cubeta al piso, mientras que el hoyo se va llenando poco a poco.
- Eso era antes, cuando uno sentía un no se qué en las tripas y se regresaba uno a su rancho para visitar a su mamá... pero ahora ya ni de eso le dan ganas a uno. ¡Carajo!, y yo que quería irme mañana a Villahermosa para pasear con la Susana y ahora tengo que terminar esta chamba.
El albañil se levanta se pasa una mano por la frente y reinicia a incorporar la mezcla con la pala, revolviendo y separándola en surcos grandes y pequeños, distribuyendo uniformemente la humedad, cual si amasase un pan.
- No, sí que era bonito mi rancho, podía uno perderse entre los cañaverales cazando culebras o buscar alacranes entre las tejas del granero, para echárselos entre los pantalones al loco que se quedaba a dormir afuera de la capilla, o ir a ver a escondidas a las muchachas a bañarse al río. en cualquier cosa podía entretenerse uno, no como los mocosos de por acá que no pueden ver una pinche hormiga por que sienten que se los va a comer, pendejos.
El albañil toma un montón de ladrillos y, apiladitos unos sobre otros, se los lleva cargando, como si llevara un bebé, y los coloca junto a un par de hilos azules que se encuentran, tensos, amarrados entre dos columnas de varillas.
- Yo no sé por que chingados me vine para acá, si allá estaba uno tan cómodo. Todo fue culpa del José, yo no sé porqué le hice caso, según él acá en la ciudad uno vive mejor, que con saber uno mover la lengua la hacía cualquiera, para lo que le sirvió a él saber mover la lengua, no le valió nada cuando lo picaron afuerita del bar ese del "mixteco". Yo me quedé por que en ese tiempo estaba yo ganando bien como aprendiz de albañil con un señor güero que le decían el "tarolas" y hasta estaba haciendo yo planes de traerme a mi mamá para acá, para tenerla cerquita y no se me fuera a morir sola allá en el rancho
El albañil toma un ladrillo y lo sumerge en una cubeta con agua y, mientras sigue hablando, el ladrillo se sumerge pesadamente en la cubeta, borboteando y manchando el agua de un color rojizo, como tezcalate. El albañil toma otro ladrillo y repite la operación y así sucesivamente hasta llenar la cubeta.
- La cosa es que antes de que pudiera traerme a mi mamacita, se apareció por acá mi prima la Jacinta. Era ella una mujer de veras, de esas que acá casi no hay, siempre me tenía listas mis tortillitas de mano y mis frijolitos con chile cuando llegaba yo de la obra, y pues como quien no quiere la cosa nos fuimos enamorando y tuvimos un chamaquito y hasta nos casamos. Y ahí fue que mi mamá se enojó conmigo porque según eso yo le había maloreado a su sobrina. Pero yo creo que ya venía maloreada, a saber.
El albañil extiende la mezcla entre los dos hilos con la cuchara y la aplana, la nivela, dice él, acariciándola con suavidad. Después pone un ladrillo ensopado y dándole golpecitos lo deja emparejado a la altura de los hilos, Luego extiende otro poco de mezcla y pone otro ladrillo y así una y otra vez.
- Lo que yo nunca voy a entender es porqué se malogró el muchachito, si parecía tan sanito. Según el doctor ya venía malito de nacimiento, quesque era resultado de que la Jacinta y yo fuéramos primos y que según así salen mal los chamacos a veces, lo cierto es que después de eso la Jacinta cambió, me rehuía la mirada y se pasaba las horas cantando en la puerta de la casa, viendo en dirección al rancho, como si arrullara una criatura. Ya no quiso estar más conmigo y por más que la consolaba uno con palabras tiernas y con chicotazos, a veces, uno se tenía que ir al bar ese del "mixteco" a buscar calorcito con las viejas esas de ahí, que aunque eran re-jaladoras, nomás andaban viendo como chingarle a uno sus centavos, y pues así no aguantaba la cosa.
Poco a poco se iba perfilando la pared. Cada vez que terminaba una hilera de ladrillos, el albañil tomaba una como regla con una capsulita de agua en medio y, poniendola sobre la hilera, verificaba que la pared "No le fuera quedando chueca". Después tomaba una cuerda con un cilindro hueco y pesado de fierro y "Checaba", según él, "Que no fuera quedando pandeada".
El sol, que ya empezaba a picar en las orejas, aflojaba el sebo en la cabeza del albañil y se iba deslizando por su frente, cayendo como cera por sus mejillas. Los niños habían dejado de jugar y se sentaban, agotados, en el piso, mientras el perro les lamía los pies descalzos.
Una mujer de mediana edad lavaba la ropa en un patio, demarcado apenas por un alambre de púas, al fondo, en una puertecita, se veía algo bullir en la estufa. El albañil se detuvo en su tarea, se acercó a su mochila, sucia y demasiado gastada y sacó un billete, le habló a uno de los niños que estaban sentados y le pidió que por favor fuera por "una coca, medio kilo de tortillas y un pollito rostizado de esos de los arizona", "andale y aquí te invito", le dijo. Mientras tanto se enjuagó las manos en la cubeta con agua y se secó el sudor de la cara con su camisa.
- Cuando la Jacinta me dejó, la verdad si me puse triste, porque la verdad yo si la quería y ni me importó que se llevara el dinero que tenía yo guardado, ni mis herramientas me dejó la desgraciada, pero en ese momento no me importó. La anduve buscando un tiempo, pero luego me enteré que se había regresado al rancho y que allá la había mordido una culebra y se había muerto de fiebre y que, según, se había puesto toda como viejita, encanecida y llena de arrugas, para cuándo la llevaron a enterrar. A mi todo eso me lo mandó a decir mi mamá, y que según eso, yo tenía la culpa de que la Jacinta se muriera.
Cuando el niño regresó, el albañil se sentó y sirviéndose en un pocillo el refresco, se puso a deshebrar el pollo con las tortillas, sacó una latita de chiles en vinagre de su mochila y haciéndose un taco se comió entero el pollo con el niño, que se veía que tenía mucha hambre.
Cuando terminaron le arrojaron los huesos al perro, que recibió gustoso el obsequio y hasta intentaba ladrar mientrás comía y movía la cola de contento.
El albañil tomó el pocillo en que estuvo bebiendo, su "vaso", decía él, y se puso a hacer gárgaras con el refresco y a enjuagarse los dientes.
Después de un sonoro eructo y de estirarse un poco, el albañil volvió a trabajar.
- Que la Jacinta se muriera y que mi mamá me mandara a decir esas cosas, y otras que no me acuerdo, me dió pa' bajo y me empecé a pasar las tardes y noches al "mixteco" pa' tratar de alegrarme un poco con las viejas esas de ahí.
Así, poquito a poco, me fuí olvidando de la Jacinta y me fui volviendo un poco vago, no me importaba mucho como no fuera tener un cincuenta para comprarme mis cañas, hasta llegué a robar, pero aquéllo no me gustó mucho, porque la gente se da cuenta siempre cuando uno es ratero y lo miran a uno feo y lo tratan mal.
Además una vez me cacharon cuando me andaba queriendo peinar un cartón de caguamas de un camión de esos de la sol y que me agarran a botellazos el chofer y su achichincle, de ahí ya no volví a robar.
En el momento en que la pared llegó a cierta altura, el albañil dejó de lado los ladrillos y el cemento y se puso a construir un cuadrado con una maderas que tenía a la mano, midiendo constantemente sus lados para asegurarse de que no quedara disparejo. Volvió a la pared, y dejó un espacio en la secuencia de los ladrillos, y colocó el cuadrado de madera y así siguó construyendo la pared y siempre que llegaba al cuadrado de madera, lo saltaba y seguía después un poco más allá.
- Para cuando volví a trabajar en esto ya me había yo curado de los botellazos, y de hecho fue de suerte, porque me encontré en el "mixteco" al maistro "tarolas" y me dijo que le había salido una chamba por allá por Tampico y que le hacía falta un valedor de confianza y pues yo la verdad ya andaba medio mal de tanto tomar y andar de vago que me fuí con él pa' Tampico.
Allá estuvimos construyendo unos edificios de esos de departamentos muy bonitos pero que se me hacía que parecían un poquito cárceles, quien sabe.
Lo que sí recuerdo muy bien es que por allá me comí un caimán, que me invitó un viejito medio loco que conocimos en un bar de por allá y que le decían Don Nicolás, y que ,según él, él mismo había cazado con una escopeta y usando un gato como carnada, quién sabe, lo que sí es que estaba bueno el condenado caimán.
Poco a poco se traslucía un ventana en el espacio que demarcaba el cuadrado que había construido el albañil y, a través de ella, se dejaba ver el cielo, pintado de ese azul tan fuerte de cuando está cerca el ocaso, y un poco más abajo los edificios de la ciudad, y un poco mas abajo, todavía, las casitas del arrabal aquél.
- Estando allá, junte un poco de dinero, lo suficiente para regresarme para acá y hacerme de mi terrenito y empezar a construir una casita, que es esa de por allá - dijo señalando un punto indefinido de entre las casitas que al fondo se divisaban - y dejar de estarle rentando a la mujer del José, que yo siento que nunca le caí bien, porque alguien le fue con el chisme de que según yo me había despachado al José afuerita del "mixteco". Yo, la verdad, no me acuerdo.
El albañil, cansado, recogió sus herramientas y las limpió con el agua de la cubeta, las metió una por una en su mochila, pasando el dedo por el filo de la cuchara húmeda
La luz se fue apagando poco a poco, tranquilamente, igual que como había llegado, los niños hacía tiempo ya que estaban dentro de sus casas y el perro se había quedado dormido frente a una puerta de metal oxidada por el tiempo.
El albañil sacó una botellita de aguardiente de caña y, dándole un trago largo, se fué caminado despacito, al tiempo que encendía un cigarrillo apretado y, así lentamente, se fue perdiendo en la obscuridad de la callecita del arrabal.
La luna se había empezado a dejar ver y las lámparas del alumbrado se habían encendido. La pared, iluminada con el pálido color amarillo de los faroles, lucía peculiarmente vieja.

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